EL PAÍS DE QUIOGA

A treinta años de su muerte, San Ignacio no guarda buenos recuerdos de Horacio Quiroga. Pero en otros lugares de Misiones, la historia cotidiana reafirma el valor de su obra.

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Casa de Horacio Quiroga poco despues de ser abandonada (hoy Casa Museo).

PAISAJE, AUSENCIA

La casa está allí con sus piedras desnudas, su mágico círculo de palmeras, el busto del hombre barbudo en cuyo pedestal los estudiantes de visita declaran fugitivos amores, el letrero que pretende rememorar a "un peón" debajo de un árbol raquítico. Hay una hora precisa de la tarde en que el sol pone una explosión de azafrán sobre el Paraná, que visto desde esa altura es un lago apacible encerrado entre lomas amarillas y verdes, y por un momento uno puede suponer que lo está viendo con la mirada de aquel hombre hirsuto y terrible que San Ignacio ya hubiera olvidado –salvo por sus excentricidades inquietantes o risueñas– si el resto del país no se empeñara en recordárselo.

 

Pero es una ilusión. El mundo de Horacio Quiroga ya no está en ese pueblo tranquilo, disperso y polvoriento. No es que San Ignacio haya cambiado mucho; es que sus personajes se han vaporado, y si existieran no se quedarían. Los encontraríamos tal vez mercando madera en la selva brasileña, ambulando con los trovadores de la frontera, remendando los alambiques domésticos que en el Alto Uruguay destilan citronela y menta, asomados al Moconá, la segunda catarata de Misiones (dos mil metros de ancho), que pocos argentinos conocen.

En San Ignacio, Quiroga se ha vuelto anécdota, que es como decir olvido, conmemoración escolar –último fruto del tedio–, homenaje de notables, que es autohomenaje. De toda su gente, los hombres y mujeres que quiso, odió, retrató, sólo encontramos a uno para quien conocer a Quiroga fue el favor más grande de la suerte. Perdido en el monte, en un rancho cuyo único esplendor es la glorieta de isipó, Juancito Juárez fabrica muebles y guitarras con las herramientas que pertenecieron al escritor. Entre sus escasos bienes guarda una primera edición de Los Desterrados dedicada a su padre, Isidoro Escalera, uno de los primeros amigos de Quiroga. Alto y enjuto, a los 53 años conserva algo del asombro que le inspiraba en su infancia aquel hombre que le enseñó a dibujar, a embalsamar animales, y para quien construyó su primer violín.

 

REPROBACIÓN Y LEYENDA

Era un hombre ejemplar, trabajador. Una gloria de la literatura. Lo consideramos un poco nuestro. Etcétera.

Pero el chico que en el otoño de 1966 disparó el primer hondazo contra la casa-museo de Quiroga interpretaba un sentimiento más generalizado y sincero. Cayeron los vidrios en sucesivas cascadas antes del saqueo que dispersó fotografías, herramientas, cartas. La era de los homenajes había concluido y por debajo de las reticencias y los clisés se afirmaba la versión auténtica: en San Ignacio, Quiroga es ignorado, menospreciado, a veces detestado.

–Quiroga en el fondo no era malo –farfulla un viejo colono ruso–, era loco.

–Lo agrandaron después de muerto –dice un poderoso terrateniente–. Inventaba cada fábula...

Cada uno tenemos nuestra taras –disculpa el portero de la escuela.

Un par de actitudes y una docena de anécdotas (algunas falsas) nutren esa hostilidad. El maligno burro de Bouix, muerto por Orgaz en "El techo de Incienso", procreó legiones de animales baleados por el hosco habitante de la meseta. Quiroga araba de frac (sic) y comía cosas raras. En los carnavales usaba una fumigadora para empapar a los transeúntes desde su fortacho. Juez de paz, se olvidaba de inscribir los nacimientos y hasta hoy sigue apareciendo gente que no estaba anotada en ninguna parte.

–Éramos amigos –dice el alemán Max Bóse–, pero él se olvidaba. Un día quise cruzar su campo, y me corrió a tiros de escopeta.

Hoy el próspero colono puede cruzar sin miedo el campo: es su campo.

San Ignacio, Misiones 1967.-

En Walsh Rodolfo, El Violento Oficio de Escribir, Obra Periodistica ( 1953-1977). Ediciones Planeta.-

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