LOBI

Una vez. Hace tanto ya, fui a Villa Ema a buscar una virgencita tallada en madera. Recuerdo que al entrar al taller del artesano llamó mi atención la figura de un enorme perro tallado. Sin mediar pregunta observe al animal. El hombre, que advirtió mi asombro, no dijo nada. Al pie de aquel enorme cuadrúpedo una leyenda esculpida, bien legible, hizo erizar mi piel.

Eran tiempos en que la únicas lamparitas vivas por las noches eran aquellas de las esquinas. Casi siempre el fogón atizado a mano era la excusa para nombrarlo. Mi abuela una vez me comentó que por San Ignacio anduvo un hombre, un tal Montiel, que era Lobizón. Me dijo que hacia sus fechorías por gallineros lindantes a las chacras, no era de acercarse al pueblo. Si bien la gente sospechaba de algún paisano- hijo séptimo varón- eran puros rumores y nadie daba en la tecla.

Lo de Montiel concitó la atención del pueblo. Fue un caso muy conocido. Pasó un par de días desde la desaparición de un niño en Pastoreo. Los padres, -que lo buscaron durante todo el día- iban de chacra en chacra, sin tener rastros del gurí. Todo fue un enigma hasta que llegaron al rancho de Montiel. El hombre salió amablemente a atender a sus vecinos. La situación ameritó que los mates y los “guen día” pasaran de inmediato a segundo plano. Indagaron al hombre acerca del pequeño sin obtener información. El caso es que cuando ya se dispusieron a partir en dirección al pueblo a radicar la denuncia, una sonrisa fresca, ancha, hizo que de entre los dientes de Montiel se birlaran hilachas rojas. La mujer tartamudeó mientras, su marido forzadamente la hizo subir al carro.

En la comisaria contaron lo sucedido. Lo de la ropa del gurí y las hilachas en los dientes de Montiel hizo enervar al jefe. De inmediato armó una comisión y fueron en busca del hombre. El comisario anteriormente ya había pesquisado la zona en vista al faltante de aves de corral y demás animales de chiquero. Ordenó al sargento munirse de balas de plata y de un revolver bendecido por el cura del pueblo.

Ni bien arribaron a la casa de Montiel, ni rastro hallaron del susodicho. La noche comenzó a caer sobre las espaldas de los uniformados que invadieron el monte a tranco de caballo. Uno tras otro, abriendo picadas entre el matorral. De pronto un claro de luna hizo visible la silueta de los tres. Paff! Un escopetazo dejó tendido en el suelo al sargento. El comisario y el otro suboficial se internaron en la oscuridad. Decidieron atar los caballos y seguir a pie. A espaldas del homicida estaba el Yabebiry, no había opciones. El comisario empuñó el revólver con municiones de plata y sigilosamente instruyó a su hombre que tomara otra dirección. Al cabo de 20 minutos sintió otro escopetazo. Supuso lo peor. Decidió no moverse, esperar.

La luna cómplice se ocultó entre nubarrones mientras el monte comenzó a heder a sudor. Por la misma picada que daba a la chacra de Montiel las hojas secas comenzaron a crujir. De repente, sin noción del tiempo, ambos hombres coincidieron en el mismo lugar y, la muerte, impiadosa como es, hizo lo suyo.

El comisario realizó la reconstrucción del hecho describiendo a la bestia con los detalles que todos solemos suponer. Al final, dos municiones de plata bastaron para aniquilar a Montiel. Si, el mismo nombre con el que aquel artesano de Villa Ema casualmente también nominara a su asombrosa creación.-

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Federico Gómez

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