yaguarete cuento

Eran sus huellas del tamaño de un puño. Su olfato tan radical que podía sentir la presencia ajena a varias leguas. Rugía celoso durante las noches para desatinar al rival. Y, mientras orinaba el tronco portentoso de un Urunday, zigzagueaba su enorme cola.

Esa mañana de invierno cuando salió la partida de cazadores en busca del animal sentí que de no ser tan pequeño sería también protagonista de esta historia. Pero bueno, las cosas suceden a veces para bien. Carmelo, José y Agustín tomaron sus pertrechos y rumbearon al norte, en busca del predador. Habían sido comisionados por don Raúl, un colono gringo de Altoparaná. El tigre no solo le había comido parte de la hacienda, también se había devorado a su hijo menor.

Carmelo, José y Agustín eran hermanos. Oriundos de Mayor Otaño, un poblado paraguayo recientemente creado. Su fama de cazadores hizo que de este lado de la orilla requirieran sus servicios. Dicen que juntos dieron muerte a Yaguareté-avá- una bestia mitad hombre mitad tigre que desde tiempos remotos asoló Itapuá y Altoparaná. Luego de ese suceso toda esa remota región- según comentaron los viejos- pudo tener paz.

El primer día de búsqueda acabó en un Tekoá, donde el cacique amablemente hospedó a los cazadores. Esa noche entre choclos cocinados a fogón, el arandú presagió el destino de aquella partida. Los hermanos sin objetar nada mordieron con fuerza las espigas de choclos asadas. Había que apelar a la voluntad en desmedro del destino y, seguir.

Como seña particular el bicho que buscaban tenía una renguera, había topetado con la trampa del gurí. Tuvo tanta mala suerte el novato que el tigre acabó zafando del cepo, tanto peor que enfurecido como estaba abalanzó su pesada figura sobre aquella endeble humanidad. Lo trágico de este hecho –como se sabe- fue lo que puso precio a la cabeza el animal.

Un segundo día, -mal dormidos y con un Tateto semicrudo en el estomago- hizo reaccionar a nuestros baqueanos. Había que acampar, y oír con sigilo. El tigre tarde o temprano iba a aparecer. Y así fue, los rugidos al anochecer fueron incesantes. Carmelo- el mayor- propuso ir a buscarlo y acabar de una buena vez la comisión, pues un mal presagio lo había invadido. Tomaron el máuser y cada quien a lo suyo, decidieron rodear al animal. Así anduvieron recorriendo el monte hasta clarear el día. El punto de encuentro iba ser la desembocadura de un arroyo jangadero. Pasó un par de horas y Agustín –el menor- no apareció. Ante lo menos pensado vieron de repente a su hermano flotar corriente abajo, rumbo al Paraná. Era evidente que el cuerpo ensangrentado supuso lo peor. Ante la impotencia y estupor, el Tigre volvió a rugir. Era un grito desafiante. Carmelo y José -ahora desatinados- solo querían vengar a su hermano menor. Decidieron ir hacia el norte, uno bandeando el río y el otro por una picada que daba a un antiguo obraje. Esta vez, no podían permitirse fallar.

El día fue tan efímero que no tardó la noche en caer. De pronto encontró a Carmelo de frente a una tapera. Golpeó la puerta del rancho pero nadie salió. Ingresó sigilosamente sin hallar resistencia. Cuando encendió la lámpara a kerosene que estaba en la mesita, horrorizado comprobó lo peor. Sobre una tarimba de madera el cuerpo de José yacía muerto a puñaladas. Tragó el sudor amargo mesclado con lágrimas y salió al monte, urgiendo una explicación. Mientras disparaba al cielo desafiante, cruzó por su mente la voz del arandú y se lamentó. Cherubichá había sentenciado aquella noche: “así como las espigas del maíz se separan, los hermanos también iban a separarse y a ser devorados por el destino. Yaguareté-avá es inmortal.” Resistiéndose sin embargo a los dichos de aquel avá, Carmelo decidió concluir este infortunio, aun a riesgo de morir.

Hacía dos días que un homicida andaba huyendo con intensiones de cruzar el Paraná. Había avistado a los cazadores suponiendo que era la policía de Territorio. Quizá era el obstáculo que le impedía concretar su huida a Paraguay. Lo cierto es que esa noche el tigre afiló sus uñas y rugió con celo durante horas, sin parar. Carmelo siguió por un sendero despejado que daba a la orilla del río. Su humanidad estaba destrozada, más su cuerpo por inercia lo condujo a ese lugar. Entonces recordó el combate cuerpo a cuerpo contra Yaguareté-avá, la valentía de sus hermanos que a cuchillo ultimaron al predador... Pero el reflejo le dejó de funcionar.

Un solo disparo del máuser impactó en su cabeza, acabando con su vida. El homicida, con la naturalidad de un cazador furtivo hizo lo suyo y, a nado cruzó a Paraguay. Al concluir aquél día, Mayor Otaño iba a perder tambien aquella ponderada paz.-

Federico Gómez

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