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Horacio Quiroga a la edad de 22 años.-

Hace 120 años, en otoño de 1900, Horacio Silvestre Quiroga viajó a París. Tenía 21 años. El viaje comenzó el 21 de marzo, desde su natal Salto (Uruguay), a bordo del buque Montevideo.

Quiroga emprendió esta aventura persiguiendo el sueño de miles de poetas jóvenes de todo el mundo: ser parte de la alcurnia artística y vivenciar el fenómeno socio-literario que tenía a París como escenario original. En fin, como se decía entonces: “la bohemia no es posible sino en París”.

Sus recursos provinieron de la herencia que recibió tras el suicidio de su padre.

Otra de las razones que llevaron a Quiroga a embarcarse a este destino, fue la realización – ese mismo año entre abril y noviembre- de la descomunal Exposición de París, un evento gigantesco que reunió a 58 países y más de 50 millones de personas. En ese marco, tuvieron lugar los Juegos Olímpicos París 1900, suceso que despertaba en Quiroga un gran entusiasmo debido a su afición al ciclismo. De hecho, en una carta que le escribió a su amigo Juan Payró, Quiroga afirma: “créame, fui a París solo por la bicicleta”.

 

El jovencito de traje elegante, valijas nuevas y semblante luminoso que se embarcó en camarote especial, lucía muy distnto al que unos meses después regresó famélico, pobre, barbudo y desilusionado.

Antes de volver, el 6 de junio, Horacio escribió en su diario: “No tengo que comer. Iré esta tarde a la Exposición. No tanto por verla, como por pasar de una vez la tarde que me mata. Esto parecerá increíble pero es verdad. La estadía en París ha sido una sucesión de desastres inesperados. París será muy divertido, pero yo me aburro”.

Sus desventuras parisinas, lo llevaron a tener que vender o empeñar sus pocas pertenencias para poder sobrevivir. En cuanto a su actividad literaria, podría decirse, a juzgar por sus libretas de viaje, fue dispar. Cierta tarde, realizó la siguiente anotación: “esta mañana no almorcé porque no tenía qué. Sin embargo, tenía mucha hambre. A pesar de todo, estos son los días más inspirados que he tenido. Héteme aquí escribiendo a menudo y no con mal resultado”.

Pero otro día, reseñó esto: “me siento inspirado, pero no puedo escribir nada. Si trazo un renglón y escribo una línea, en el fondo estoy pensando qué comer”.

En un texto escrito el 18 de mayo de 1900, describe la ciudad de este modo: “¡Oh París, ansia infinita de todos los que han soñado alguna vez los grandes recuerdos y la suprema manifestación del arte! ¡Ciudad extraña y compleja en sí misma, que vive de su pasado y su presente como una pura gloria, que yace, tiembla y espera a su vez la hora de ser posible, todo lo excelsa que ha sido ayer y todo lo vibrante que será mañana; ciudad fastuosa y viril, sobre todas, alegre e inmortal”.

De regreso a Montevideo, Quiroga iría desplegando a su modo las impresiones de aquel viaje en distintos escritos. Unos meses después de volver, en 1901, publicó su primer libro “Los arrecifes de coral”, dando inicio así, a una obra monumental, que lo irguió como una de las figuras más importantes de la literatura universal.

Sergio Alvez

 

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