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GENIOLITO. "aprendió su oficio musical a la vieja usanza, con el oído como órgano principal de captación, la vista como red que sirve para cazar la presa que se quiere y el corazón como rector de sus melodías e interpretaciones".-

Tal vez sea para muchos o para pocos, el hablar de “geniolito” como cosa de poca monta, no es mi caso, pues me considero un gran admirador suyo. Muchos conocen su historia por relatos de paisanos que lo conocieron y otros tantos que oyeron simplemente hablar de él, pero para muchos su historia y más aún su verdadero nombre les resulta casi un misterio. Su apodo tan peculiar de “geniolito” como así también sus anécdotas, que más de uno habrá vivenciado con él, han sido llevados de boca en boca por sanignacieros y misioneros de toda índole. De origen campesino, mbya guaraní de cultura y sangre, hombre como pocos que ha sabido amalgamar la cultura del criollo con la del nativo aborigen de estas pampas; de notable ingenio y dotes musicales, supo plasmar su arte con total seguridad, soltura, frescura, comicidad y sobriedad, al punto que, grandes músicos populares han asentido al unísono sobre su condición de “talento neto”. Por estas razones y por otras también va aquí una pequeña semblanza a su persona musical a modo de tributo.

 

Lorenzo Benitez nació en Paraguay el 5 de septiembre de 1949. Muchos historiadores coinciden en que llegado a Misiones supo ganarse la vida como tarefero en su juventud. De su encuentro con la cultura del hombre blanco, tomó para sí mismo el apelativo de “geniolito”. El cacique mismo ha contado en más de una oportunidad la recurrente anécdota que explica su bautismo en la tarefa. “Dice que”, en esos tiempos, cuando trabajaba para un gringo de la chacra, encontrándose descompuesto de vaya a saber uno que, su patrón, viéndole así enfermo se preocupó e intentó llevarlo a posadas para que lo atiendan, ante lo cual el paisano respondio: “dame un geniol no más y con eso ya voy andar bien”. Se dice que este hecho se repetía cada tanto, especialmente durante algunas jornadas cuando la tarefa se ponía pesada. Y de ahí que su patrón le pusiera de sobrenombre “geniol, geniolito” en relación con el remedio que cada tanto le suministraba cuando lo veía descompuesto. Fue este gringo quien, no solo le dio nuevo nombre a Benítez, sino además, le compró su primer violín, el cual con el tiempo se convertiría en una extensión de su propio cuerpo y alma.

Como por designio divino, Geniolito fue bautizado en la colonia y dado a conocer para la posteridad como el nuevo heraldo guaraní de la música popular. Su apodo presagia entre carcajadas su impronta de “genio popular”(geniolito, genio chiquito), con su violín puesto sobre el pecho y su arco de güembé, arrancaba de aquellas cuerdas el embrujo de la tonada criolla y la gracilidad del hombre guaraní, alegre y risueño. Su arte fue desarrollándose como sucede con el saber popular, entre vaivenes que no pueden ceñirse bajo ningún método cuantificable. Su música tomaba vuelo una vez entablada la conversación silenciosa que lleva el músico en su soledad con el instrumento. El que tuvo la suerte de oírlo tocar, no solo escuchaba sino que “veía su música”.

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GENIOLITO secundado por un paisano animando una fiesta en el Restaurant La Carpa Azul.-

Se cuenta que el cacique “yaguareté-geniolito”, apodado también así por su gran afición a los asados y a comer carne, aprendió su oficio musical a la vieja usanza, con el oído como órgano principal de captación, la vista como red que sirve para cazar la presa que se quiere y el corazón como rector de sus melodías e interpretaciones. No conoció escuela de música ni de letras, versado en lo suyo como el gaucho en la copla, el músico dotaba a sus melodías con sonidos llenos de exuberancia y brío, recursos propios, e incluso técnicas de otros instrumentos aplicadas a su violín.

Más allá de las muchas o pocas anécdotas que pudiesen contarse de este personaje, su recorrido por los festivales y las calles, hizo de Geniolito ya no un genio local sino más bien una leyenda regional e incluso nacional. Después de acaecida su muerte, se han hecho eco de ella periódicos de buenos aires y alrededores dedicándole algunas palabras de despedida y mención. Pero lo que no se ha puesto en relieve en ninguno es, su faceta de músico y su propuesta artística, ante lo cual quisiera dedicarle las líneas más importantes de este escrito.

El violín es un instrumento desarrollado en Europa, sobre todo durante el Barroco y llegando a su culmen en el Romanticismo Alemán. Este instrumento como cualquier otro, en manos de un hombre criollo o paisano toma tintes de marcado color local. Tal fue el caso de Geniolito. Como sucediera con el bandoneón traído por inmigrantes barqueros y adaptado al tango, el violín de Geniolito se adecuo a las exigencias de las melodías populares-regionales y el sentir chamamecero y fronterizo. Alguna que otra vez lo escuche a Geniolito cantar y tocar valses en alemán, pero más allá de lo grácil que solía ser ese hecho, nos muestra una faceta poli-cultural en él, de lo cual el aborigen mbya puede hacer alarde. Nosotros por ejemplo, desconocemos la lengua guaraní, y mucho más sus costumbres y lo recóndito de sus pensamientos ancestrales, para nuestra cultura todo aquello está vedado por ignorancia y por el silencio de su gente.

Para Geniolito, como también para cualquier otro paisano mbya, nuestra cultura es asimilada primero como modo de supervivencia para luego entenderla y poder tomar distancia, la que se pueda, sin aislarse del encuentro con lo diferente. Esto llevo a Geniolito, tal vez de forma intuitiva a “aprenderse” los modos de los yuru’a para hacer música y traducirlo a su instrumento; utilizando sus dedos sobre el violín como el colono su mano sobre la asada que hiere la tierra para sembrar, el paisano hiere el aire con los sonidos que obtiene del arco que fricciona bruscamente sus cuerdas. Este gesto musical es similar al gesto del acordeonista que hace retozar sus dos hileras en sus piernas, como el abuelo que hace cabalgar a su nieto en su regazo y le hace soltar carcajadas. Así mismo imita nuestro paisano “violinisto” (término usado por los folcloristas argentinos) estos “gestos” de otros instrumentos, como la guitarra, que con acordes rítmicos acompaña la faena del canto. Las técnicas que usaba geniolito en su violín, así también como la afinación de cada cuerda, permitía entre otras cosas que el resultado musical fuese una transliteración de un conjunto típico criollo con guitarra y acordeón, incluso hasta con el aditivo final de un sapucay extraído en lo alto de su violín.

Su aprendizaje del violín fue completamente natural, lo primero que aprendió fue a “mirar”, mirar a otros violinistas, una mirada atenta, selectiva, centrándose por completo en capturar por medio del oído y la vista todo el mundo que se le abría delante de sus ojos. Como el yaguareté que observa su presa y sus fauces comienzan a salivar, así también el paisano miraba su violín y sus dedos transpiraban, su respiración se entrecortaba y su garganta reseca pedía un poco de “acheite” (vino tinto en lo posible), luego, con el violín en mano, ya templado, echaba un grito al aire y el show comenzaba.  

Geniolito no fue un virtuoso del violín como es el caso de Garnica (eximio “violinisto” de chacareras y gatos), no, no fue su caso, pero su genialidad venia de otro lado, de su sensibilidad musical para capturar melodías populares, esas que todos alguna vez silbamos o tarareamos en un rato de ocio, soledad o alegría. Pasaba todo aquello por el filtro de su propia sensibilidad artística y las dotaba de vigor y ritmo, produciendo sonrisas entre su público que acompañaban todo su concierto callejero. De sus constantes conversaciones con el instrumento, por suerte, han quedado registros de oyentes que filmaron alguna que otra vez sus actuaciones. Yo pude capturar en varias ocasiones sus interpretaciones y las conservo con celo, en la esperanza de que en algún momento alguien recoja cada una de ellas y las plasme en un documental sobre su vida y obra.

En algunas oportunidades como músico pude compartir a su lado buena música, como el forastero que se acerca al fogón y poco a poco va entrando en sintonía con los lugareños, así mismo, unas veces con acordeón en mano o guitarra toque junto al “geniol” que narcotizaba a sus paisanos recostados unos contra otros en gozo y embriagados de alcohol, nostalgia, y música. Alrededor de Geniolito siempre se respiraba un aire de alegría, el mismo se ocupaba de destilar su música y sus poros del “acheite” que muchas veces reclamaba como pago de sus servicios, o para lubricar sus dedos y soltar al “duende” que llevaba dentro.

Técnicamente usaba su arco sobre las cuerdas tocando al paso más de dos o tres, produciendo así un efecto rítmico melódico y armónico en simultaneo, como el guitarrista que puntea y otro lo acompaña, ese efecto de marcatos y stacattos rítmicos simulaba con un gesto del brazo lo mismo que el machetero que se abre paso entre la capuera, el mandiocal o la tarefa. Así también unas veces se meneaba, otras zapateaba marcando el pulso de la métrica, y otras solo se movía de un lado a otro porque ni el mismo podía quedarse quieto oyendo su propia interpretación. Su violín nunca estaba afinado igual, su temperamento cambiaba como cambiaba su acompañante, unas veces me encontré con él y me pregunto ¿en qué nota querés tocar? Y templando su instrumento unas veces tocaba en La mayor y otras en Sol mayor, según hiciera falta o la canción así lo ameritara.

Esa forma tan volátil de templar el instrumento me recordaba a la vieja escuela de músicos tañedores de vihuela que afinaban sus instrumentos según el cante y el aire musical que interpretaban. Entre historias viejas recuerdo el caso de un paraguayo que usaba el “temple del diablo” denominado así por la capacidad que generaba el instrumento -que fuese así templado- de obtener melodías y acompañamiento en simultaneo causando admiración entre oyentes y también músicos. También el genial Atahualpa Yupanqui alguna que otra vez uso este temple. Geniolito no podía estar exento de aquel secreto que es revelado a los músicos que se inician en los misterios de las musas y se entregan de lleno como en un sacrificio ritual a su arte. Por esa razón su violín a veces sonaba como si tocasen dos o tres juntos, dejando redundante el acompañamiento de un guitarrista o acordeonista.

Geniolito partió hacia el olimpo de los músicos un 21 de mayo de 2020, una frase que recuerda y sintetiza con gran acierto quien ha sabido ser este hombre lo formuló una vez el Paí Julian Zini, definiendo a los juglares de nuestra música popular dijo de él: "padre de nuestra alegría, señor del baile, maestro. No se te paga con plata, lo tuyo no tiene precio..!"

LG VANDENDORP

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