"Es de resaltar la gran popularidad que tuvieron los coros de aborígenes. Algunos de ellos fueron llevados a Europa por los Jesuitas para conseguir mediante la exhibición de sus cualidades y dulzura de voces, dispensas del rey para con los pueblos Jesuíticos. La música acompañaba a casi todas las tareas del día, desde el amanecer hasta el atardecer, en los pueblos jesuíticos se respiraba un aire melodioso y de constante celebración de liturgias y festejos de toda índole."

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La Reducción, escenario medular de una simbiosis cultural atravezada por la música y la espiritualidad.-

Imagínese el lector allá por los albores del siglo XVI, siglo de la nefasta y vanagloriosa conquista de América en manos de españoles, ingleses y portugueses. En el imaginario popular sobrevuela aun aquella creencia de que los europeos trajeron cultura, religión y conocimiento al nuevo mundo. Se presupone con esto que los nativos autóctonos, no poseían ni cultura, ni ciencia ni fe. Esta inescrupulosa visión conlleva a la dicotomía prevalente aun hoy en nuestra cultura latina: la falsa creencia o la inconciencia de pensar que toda obra de la cultura la debemos a la herencia de los conquistadores. Al margen de esta posición desproporcionada, el encuentro entre la cultura aborigen y la europea ha devenido en una novedad y no en una mera repetición, calco, o imagen ilusoria de la sombra europea proyectada en nuestro continente, sin embargo, esto aún no ha sido considerado con la importancia que se debe. Piense usted en lo siguiente, ¿acaso del encuentro entre dos individuos, educados en familias diferentes puede surgir un tipo de relación simétrica? De modo análogo, el encuentro entre nativos e inmigrantes, indígenas y europeos no puede dar por resultado una relación simétrica, pero tampoco asimétrica, en todo caso, debemos pensar en la relación resultante como pendular, en que unas veces la tendencia se concentra en un punto y luego en otro. Si bien hubo, por parte de los conquistadores, intentos repetidos de reprimir y de subyugar a los nativos, estos no resistieron la fuerza impuesta por los europeos de manera pasiva, aun en la apariencia de una completa sumisión puede generarse una resistencia interna, ya sea en forma de negación a perder los valores culturales propios o en la aceptación provisional de lo dado, para utilizarlo como soporte de nuevas construcciones culturales. Lo segundo, creemos, fue lo que sucedió en esta parte de América, más específicamente en las reducciones Jesuíticas de las misiones.

Las historias de encuentros entre guaraníes y jesuitas abundan en el imaginario popular. En principio los primeros Jesuitas llegaron con una perspectiva prejuiciosa hacia América, se consideraban ellos como los mensajeros de Cristo, que venían al nuevo mundo a iluminar este “oscuro” continente, hostil, salvaje, y plagado de dioses paganos y creencias contrarias a la religión verdadera. Sin embargo, y esto es importante remarcar, los jesuitas rápidamente se dieron cuenta que sus prejuicios religiosos ofuscaban su visión acerca de la espiritualidad de los aborígenes guaraníes. Si algo resulto ser un rasgo distintivo de la comunidad guaraní, era su extraordinaria espiritualidad. Esto no es algo menor, puesto que representó una novedad inusitada en el pensamiento europeo. El éxito de la catequización y la evangelización en las reducciones jesuíticas no se debió exclusivamente a la formación religiosa de los Jesuitas y su perseverancia e ingenio para organizar ciudades, sino en la predisposición innata del pueblo guaraní hacia la fe o mejor dicho hacia la religiosidad.

Pero ¿Cómo sucedió ese primer encuentro entre Jesuitas y Guaraníes? La respuesta a este interrogante podemos contestarla con una escena icónica, que se volvió celebre gracias al cine Hollywoodense. En la película, de culto, filmada en nuestra provincia y en el Paraguay, “La Mision (The Mission)”, protagonizada por Robert de Niro que interpreta a un joven comerciante y su compañero Jeremy Irons un valiente Jesuita, sucede que, tras la expedición en aguas del Iguazú el protagonista (Irons) se topa con un grupo de aborígenes que lo acechan mientras el lentamente saca su oboe e interpreta una bellísima melodía; al oír el canto de aquella “tacuara extraña” los indígenas quedan maravillados y hechizados, el jesuita ha logrado su cometido entablar el primer encuentro mediado por un sentimiento en común, el de la música, que hermana a todos los hombres. La imagen del músico como el “encantador” o “hechicero” es una metáfora muy popular en varios pueblos antiguos alrededor del mundo y que aún pervive en nuestro imaginario popular. El mito del poder cautivador y seductor de la música se refleja, por ejemplo, en un mito muy famoso en la cultura grecorromana, Orfeo el divino músico que descendió hasta los mismos infiernos y con su música pudo liberar a su amante, muerta trágicamente por la picadura de una serpiente, y dejar a todos los seres del inframundo embelesados con su música, representa el prototipo de músico de todos los tiempos.

Suponiendo que el encuentro entre jesuitas y nativos guaraníes fuese por medio de una melodía “encantadora”, ¿simplemente bastó que suceda esto para que efectivamente los indígenas quedasen a merced del mando de los jesuitas? Claro que no. Lo que sucedió nuevamente, y esto lo constataron los padres jesuitas con el correr del tiempo en que vivieron en la región de las misiones, fue que, los guaraníes no solo ya disponían de un bagaje cultural propicio para el desarrollo de la espiritualidad, al punto de que los aborígenes superaban en religiosidad a muchos españoles “cristianos”, y en las ciudades de las misiones reinaba un cristianismo de tipo carismático y solidario como en ningún otro pueblo de Europa; sino que además poseían una inclinación similar hacia la música como hacia la espiritualidad. Y es que la música para los guaraníes no era sino una manera o mejor dicho, la única manera de enviar sus predicas, alabanzas y salmos al creador de forma verdaderamente pura y sentida. “El que canta reza dos veces” decía San Agustín, los jesuitas conocían la importancia de la música en el culto cristiano, pero desconocían las cualidades innatas del pueblo guaraní para tal oficio. No es que quisiera “pintar” de forma romántica o ideal al pueblo guaraní que habitó esta tierra hace más de 400 años, sino que estos hechos están evidenciados en varias crónicas de época, relatados por aquellos hombres que pudieron observar las maravillas de la vida en las reducciones. Lógicamente que no todo lo que brilla es oro, y al tiempo que se desarrollaron grandes empresas de la cultura en los pueblos aborígenes, existían al mismo tiempo grupos de nativos bastardeados y subyugados al imperio de la fuerza española o a prejuicios inquisidores, que se replegaron en lo profundo de la selva a seguir viviendo como sus milenarios ancestros y rechazaron toda tentativa de ingresar al modo de vida jesuítico (nótese que decimos modo de vida jesuítico y no “civilizado”, pues suponer que los guaraníes no eran ya un pueblo civilizado es afirmar un prejuicio descabellado).

Volviendo a la música, es de resaltar la gran popularidad que tuvieron los coros de aborígenes. Algunos de ellos fueron llevados a Europa por los Jesuitas para conseguir mediante la exhibición de sus cualidades y dulzura de voces, dispensas del rey para con los pueblos Jesuíticos. La música acompañaba a casi todas las tareas del día, desde el amanecer hasta el atardecer, en los pueblos jesuíticos se respiraba un aire melodioso y de constante celebración de liturgias y festejos de toda índole. También en los talleres de confección artesanal se fabricaban arpas, violines y órganos, para la representación de misas, operas o conciertos matutinos para la bienvenida de autoridades o el simple deleite de los indígenas.

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La música, siempre presente en la idiosincracia Guarani como testimonio de trascendencia espiritual.-

Como mencionábamos anteriormente, el encuentro de ambas culturas no pudo sino generar un nuevo fenómeno cultural, que si bien no fue del todo radicalmente novedoso si lo fue en otro sentido. En el sentido en que todo aquello que germinó durante el breve tiempo de permanencia de los jesuitas en suelo misionero fue de una riqueza más que interesante. Al menos de cierta manera, la vida en las reducciones representó un anhelo nunca logrado en Europa, y que aquí en nuestra provincia pudo al menos en parte ser realizado. La republica ideal Platónica fue esbozada aquí, según nos relata de puño y letra un ilustre jesuita José Manuel Peramás. Del encuentro entre jesuitas y guaraníes no solo estos últimos fueron enriquecidos en su vivencia cotidiana y religiosa, sino también los mismos Jesuitas fueron transmutados en la espiritualidad y el conocimiento del pueblo guaraní. Como prueba de esto puede verse la genial obra del jesuita Ruiz de Montoya El tesoro de la lengua guaraní un intento inédito en la historia del pensamiento cristiano de la época. Mientras la mayoría, o posiblemente todos los conquistadores y los intelectuales europeos, consideraban a los pueblos aborígenes como inferiores o barbaros, Montoya los veía en igualdad de condiciones para el conocimiento, la sabiduría y la religiosidad. El proyecto del jesuita fue innovador y adelantado para la época, pasaran varios siglos hasta que el pensamiento académico e intelectual occidental se de cuenta, en la tarea del antropólogo y los semiólogos modernos, que la mejor manera (pero no la única) de comprender una cultura es por medio de su lengua como forma de acceso privilegiado a su mundo.

Concluimos con este escrito, no sin antes invitar al lector a dejar volar su imaginación, y pensar como sonarían aún entre la espesura de la selva, tal vez en las noches sin Luna en que la quietud y la pesadumbre de la oscuridad se adueñan del monte, aquellas melodías perdidas de oboes, coros y gritos alegres de niños que correteaban entre las monumentales piedras de las olvidadas ruinas de San Ignacio y de tantas otras. La historia de este encuentro y comunión entre hermanos de continentes distantes duro lo que dura un siglo, fue algo fugaz en la historia de los pueblos latinoamericanos, pero de aquel fructífero encuentro quedan aún vestigios y una abundante música y literatura que narra aquella vertiginosa hazaña, en usted y yo, en los misioneros en conjunto, recae la enorme responsabilidad de no olvidar nuestra historia y hacer sonar nuevamente aquellos relatos y músicas que revoloteaban entre muros y portales, y se perdían en los confines de la selva para regresar, tal vez, ¡después de 400 años!.

 

Gabriel Vandendorp , docente de Filosofía y Música.-

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