lapacho

 

 

Desde una loma de roja arenisca, al oeste del pueblo, partía una picada que en leve descenso conducía al “Puerto Nuevo de San Ignacio”.

Al costado y a pocos metros de ese camino, en un abra, estaba la casa de Don Horacio. La más de las veces rodeadas de yuyos, pero cuando la primavera apuntaba y florecían los lapachos que de intento los respetó el hacha, el lugar se transformaba. Flores en las altas copas, flores en los caminos, pétalos por doquier. Uno de esos lapachos es el motivo de esta anécdota.

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Mañanita fresca y clara de abril, un obrero de la Municipalidad de San Ignacio se acerca al pie de un lindo ejemplar de lapacho, de alto penacho verde allá arriba. El hachero observa desde varios lugares la leve inclinación del árbol, hacia donde carga su ramazón; de ello concluye de qué lado hará el primer corte, “la barriga”; que orientará la caída del coloso.

Tras el primer hachazo oye un imperativo ¡Alto ahí!. Es el grito de Quiroga, que desde el corredor de su casa ha estado mirando lo que el hachero intenta.

Se acerca don Horacio e interroga ¿Qué está Usted por hacer? A lo que el hachero contesta. Echar este lapacho por orden del Intendente para hacer “tirantes” y “planchones” para puentes, con este y otros palos del camino público.

¡Ajá! Pero mire amigo. Este lapacho, está justo en el deslinde de mi tierra con el camino público ¿Ve? Entonces Usted me corta este palo así. –Y hace un ademán indicando que el corte debe ser vertical, desde la copa a la base- Está mitad que es mía no la corta ¿¡Eh!

¡Pero don! Eso no se puede! – responde el hachero - Después de echado el palo, lo cortan por la mitad y una parte para la Municipalidad y la otra para Usted.

No señor, la mitad mía quiero que quede ahí de pie, responde Quiroga con tono imperioso.

Y el hachero… hacha al hombro, emprende el regreso al pueblo, no sin decirse y no tan por lo bajo, “Tabuy, el caray” Quiroga.

Y el lapacho quedó!

  

José Méndez Huerta

San Ignacio entre 1921 y 1928                   

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*De cómo llegó a mis manos este documento.

Una mañana de 2018 tomé un colectivo para ir a Posadas. Llegando a Jardín América vi subir a mi primera maestra, Alicia Méndez Huerta, mejor conocida como “Ruski”: mi querida mae de jardín de infantes treinta años atrás. Al instante me reconoció y se sentó a mi lado. Compartimos los 100 km restantes hasta la capital misionera con una charla muy amena, donde nos pusimos al día y le comenté que estábamos trabajando en el rescate de la memoria colectiva de Aristóbulo del valle por medio de un grupo de Facebook, donde se comparten fotos y anécdotas, además de recopilar otras tantas imágenes y documentos que nos facilitan algunos vecinos. Al llegar a destino nos despedimos con un fuerte abrazo, demostrándome la alegría y el orgullo que sentía por mí, su ex alumnito.

  Meses más tarde, estando en la casa de mi madre en Aristóbulo, golpearon la puerta. Al abrir, me volvió a sorprender el rostro de “Ruski” ¡Mi maestra jardinera...! No aceptó pasar, sólo me entregó un sobre con papeles de su padre don José Méndez Huerta, quien a principio del siglo XX vivió en San Ignacio, no muy lejos de la casa del célebre escritor Horacio Quiroga, al que conoció en persona y con quien compartía discos, charlas entre otras yerbas. Don José (M.H), al perecer fue uno de esos personajes sabios y memoriosos, conocedor de la historia de la zona, sobre todo de Jardín América y Colonia Oasis.

 

Entre los papeles y recortes que me entregó su hija, encontré esté hermoso relato, escrito de puño y letra por don José, sobre la epoca aludida.

 ¡¿Y yo que hago con esto? Es mucha responsabilidad para mí este documento..! Le dije a Ruski. –Vos fíjate, yo sé que le vas a dar un buen destino- me respondió la mae, observándome como a aquel niño de jardín de infantes del pasado. Me dio otro abrazo y se despidió.

Comparto con ustedes esta anécdota escrita por don Méndez Huerta, digna de ser representada teatralmente, para que la memoria vuelva a su pueblo y no la coman las polillas.

Sergio Toledo                                          

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