Primera parte

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Puerto Nuevo 1930. Un baqueano posa junto a su esposa e hijos. Cabe acotar que es desde este lugar desde donde se embarcaba la Yerba Mate a traves de una carreta sobre rieles.-

Mi nombre es Rubén Darío Jagou Gfeller y nací en el año 1934 en Campo del Medio, colonia agrícola ganadera del centro de la provincia de Santa Fe ubicada en la Costa, franja de tierra fértil entre los ríos Paraná y Salado a 90 km de la ciudad capital de Santa Fe de la Vera Cruz. También es importante la actividad pesquera con destino comercial en los riachos y arroyos que forman un ancho delta entre el Paraná y la costa firme.

 

Concurrí a la escuela primaria Nacional N° 103 de la Colonia desde el 1er al 4to grado, 5° y 6° lo hice en San Justo y la secundaria en la Escuela Industrial de Santa Fe donde me recibí de Técnico Electro Mecánico en diciembre de 1954.

Al año siguiente hice el Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento de Infantería 12 de Santa Fe y en abril de 1956 fui contratado por Martín y Cía., una empresa con sede en Rosario, para trabajar en Misiones donde tenía dos establecimientos yerbateros, uno en San Ignacio con plantaciones, secadero y molino de yerba mate y otro en Puerto Mineral sólo con yerbales y secadero.

Después de una preparación de cinco meses en Rosario me destinaron al Establecimiento de San Ignacio en Misiones. Así fue que un amanecer de agosto de 1956, despedido por mi hermano Enrique y don Maulión (jefe de electricistas del Molino Rosario) en el puerto de Rosario me embarqué en el Vapor de la Carrera, un barco de pasajeros que iba de Buenos Aires a Iguazú, creo que se llamaba Ciudad de Corrientes, había otro Ciudad de Asunción y otro Guayra de la empresa naviera Mihanovich.

El viaje no fue del todo tranquilo como uno puede imaginarse porque a poco de andar la embarcación tuvo problemas que tardaron varias horas en solucionar. Después, llegando a Corrientes comunicaron que debíamos desembarcar en ese puerto porque debido a la bajante del río no daban paso los Saltos de Apipé, cerca de Ituzaingó (hoy tapados por el embalse de Yacyretá).

A la madrugada del día siguiente tomamos un colectivo de la empresa Expreso Ciudad de Posadas y, después de nueve horas de marchar por caminos de arena entre lagunas a ambos lados, llegamos a Posadas donde me esperaba el administrador del Establecimiento San Ignacio, Sr. Edgardo Vuithier, con un auto para llevarme a destino donde trabajaría por los próximos 41 años.

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Niños distendidos. Antiguo Molino de Yerba Mate propiedad de Martin & Cnia.-

Quedé encantado con el paisaje de Misiones tan distinto del que yo conocía en mi provincia, de llanuras infinitas y caminos con rectas interminables. La tierra roja contrastaba con el verde de la vegetación y sumado a los lapachos en flor en agosto-septiembre…¡es algo indescriptible!

Dentro del establecimiento, en el sector viviendas, me asignaron un departamento cómodo para mí que sólo llevé una valija con mis cosas. Una vez instalado me llegué hasta la oficina donde trabajaban el contador Pedro Bogado Frutos con su ayudante Alfredo Tebecheri y los auxiliares Germán Barrios y Víctor Méndez. Luego conocí al segundo administrador Elio Scibona, al capataz general don Andrés Isidoro “Totí” Peralta, al encargado del molino Inocencio Aquino y al “basculero” Alberto Lucas“Tito” Vallejos. Después supe que se rieron de mí porque me presenté de saco y corbata como lo hacía en Rosario. Todos muy atentos y serviciales me recibieron muy bien y se ofrecieron a ayudarme en lo que necesite. Lo primero que les pedí fue que me indicaran dónde podía comprar una radio y una bicicleta y una persona que pudiera lavar y planchar mi ropa. Así fui a parar a lo del Negro Millán por la bicicleta y a lo de Juan Rychluk por la radio; alguno de ellos se ocupó de citar a doña Victoria Barboza para que vea el tema de la ropa (excelente mujer pulcra y respetuosa). En ese departamento viví unos dos años hasta que fui ascendido a Segundo Administrador y conforme al cargo dispuse de una vivienda más amplia y un vehículo para mi movilidad.

Con estas comodidades decidí proponerle matrimonio a Estela Bogado, la chica con quien estaba de novio desde poco tiempo después de mi llegada. Nos casamos en enero de 1960 y en diciembre llegó nuestra primera hija, Estela Amalia y luego vinieron dos más Nancy Elizabeth y Paulina para nuestra felicidad.

Al primer evento social que asistí –invitado por el novio– fue una cena el día que se casó Reinaldo Kraüpl con “Luli” Spitzer, que se hizo en la casa de los padres de la novia, don Augusto Spitzer y doña Julia Behr. Después y para hacerme conocer un poco más la zona, Adolfo Pedro Böse “Fito” me llevó en la “cachirula”, una camionetita Fort T que perteneció al escritor Horacio Quiroga, junto con Arnoldo Molet y Rodolfo Perucchi a un baile en Teyú Cuaré en la casa de Nicodemo Cardozo, que tenía una pista con piso de tierra bajo la enramada de un parral y que también era curandero; para divertirse a mi costa Molet me presentó como nuevo médico del pueblo y el pobre hombre se deshacía en atenciones para con su “colega”.

A fines de 1957 se hizo en el Club Social San Ignacio la fiesta de recepción de los 5 jóvenes del pueblo que ese año se recibieron de maestros: Estela Bogado, Ñato Cardozo, Monona Cazaux, Elsa Gruber y Negra Vandendorp. Tiempo después San Ignacio tuvo también sus primeros hijos profesionales como el contador José Víctor Hananía, el médico Pilo Martignoni y el ingeniero Rodolfo Kopp. Después vinieron los médicos Negro Rodríguez (suboficial de G.N.), Liliana Romero (hija del enfermero Ramón Romero) y Lita Gismondi.

San Ignacio fue una hermosa escuela de vida para mí, joven de 22 años e inexperto con muchas ganas de aprender y de servir, me ofrecía para todo lo que hubiera que hacer. Don Pedro Bogado Frutos me advirtió que la mayoría de la gente con la que debería trabajar era paraguaya como él o descendientes de paraguayos y que preferían hablar en guaraní; también me dijo que podrían tener poca escuela pero les sobraba amor propio y que había que cuidarse de no ofenderlos. Que la autoridad se imponía por respeto y no por temor, si había necesidad de reprender a alguien debían utilizarse palabras severas pero no hirientes porque al no tener suficiente vocabulario en castellano para defenderse podrían hacerlo utilizando la violencia. Me contó el caso que le tocó vivir cuando se desempeñaba como empleado administrativo en el Establecimiento Puerto Mineral de la misma empresa, donde un capataz mató de un tiro al administrador en una discusión por trabajo. Por un simple entredicho la comunidad se privó de dos buenas personas jóvenes, uno muerto y otro en la cárcel por muchos años.

Don Totí Peralta me enseñó que los peones jóvenes sobretodo eran propensos a divertirse a costa de los forasteros hablando en guaraní y que una forma de evitarlo era hacerles creer que uno entendía lo que se decía en ese idioma. Me enseñó a saludar y algunas frases cortas para implementar la estrategia cuando me presentaba ante las cuadrillas; así logré que los peones dijeran“…chaque don Jagou entiende guaraní…” y nos reíamos juntos de las ocurrencias que siempre tenían a mano. Por suerte siempre tuve buena relación con todos los niveles de mis subalternos; incluso cuando alguno venía pasado de copas tenía que ir yo a convencerlo que se vaya a la casa a descansar y que vuelva a la tarde, llevándolo del brazo hasta el portón de salida.

En las plantaciones aprendí a marcar las líneas para colocar los plantines de yerba siguiendo las curvas de nivel del terreno para evitar la erosión de las abundantes lluvias que había en la zona; a preparar la semilla lavándola en algún arroyo quitándole la gomosidad que la recubría y facilitando así su germinación en los almácigos de los viveros donde se obtenían los plantines que irían luego a ser trasplantados al terreno definitivo.

Aprendí también a comer apepú, tomar agua fresca de vertiente y probé el reviro invitado por Mártires López uno de los tractoristas que lo llevaba como avío para su almuerzo cuando arando o rastreando hacía “día pucú” (jornada corrida de ocho horas).

Aprendí de todo un poco gracias a que el Administrador me hizo recorrer toda la planta industrial asignándome tareas por un tiempo en cada una de las distintas secciones: Administración, Secadero, Talleres, Fábrica de envases, Molienda, Envasado y Expedición lo que me sirvió unos años después cuando fui ascendido a Administrador y quedé solo al frente de todo. A partir de aquí conté con la valiosa colaboración de antiguos empleados como Alfredo Tebecheri y Germán Barrios en tema de Libros y Caja, Emiliano Peralta y Antonio Onetto en reparaciones y emprendimientos nuevos y Tolán Vallejos y Enrique Caballero en el funcionamiento del Molino; todos incondicionales y de máxima confianza. Era el primero de julio de 1966 y yo tenía tan sólo 32 años.-

CONTINUARA...

 

 

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