Breve historia de un maestro:

Vazquez

   Cuando conocí al genio de la realidad paralela me llevé una de las sorpresas más grande de mi vida, así como las mejores que suceden sin planearlas, una noche de mucho frío nos encontrábamos ahogando las penas en guitarras y ginebra “La Llave”. El grupo de la juventud siempre fue pequeño pero unido, con pocos pesos disponíamos de buenos guisos y aperitivos estimulantes, el barrio Iprodha 30 viviendas de San Ignacio, “la fabela” como decíamos los pibes era uno de los lugares predilectos. El genio daba vuelta en su bicicleta yo lo había divisado a lo lejos antes de que nos revelara su maestría.

Hombre de entre cincuenta o sesenta y tantos en aquél entonces, cabellos oscuros mezclados entre canas, cejas prominentes, nariz aguileña y la piel carcomida por arrugas que no provienen de la vejez, sino, más bien de una vida sufrida. A pesar de tener sus años encima su físico se veía juvenil, unos 70 kilos proporcionados en 1,80 metros de estatura.

El genio pasa dos veces como venteando la juntada hasta que decide dirigirse a nosotros, evidentemente las guitarras llamaron su atención. Se acerca balbuceando incoherencias hasta que se presenta a lo malevo tanguero ¡Mi nombre es Eduardo Vázquez señor! Soy nacido en Loreto Misiones docente y músico de profesión. Pidió prestada una viola, la afinó en sol mayor y con manos pesadas curtidas entre sus ancas la estrechó, se parece a Charly García comentó alguno y con displicencia se puso a sacarles melodías recuerdo que era la cumparcita seguido de taquito militar.

Todos lo mirábamos boquiabiertos no podíamos acreditar semejante espectáculo de deleite con la música popular, el hombre se percata del silencio y de repente deja de ejecutar nos mira y pregunta:

_ ¿Nadie sabe tocar un tango o una milonga campera?

Al unísono respondemos que no, lo que aparentemente lo dejó desconcertado, no olvidando su espíritu de maestro nos incita:

_ A ver vos agarrá la guitarra, hacé estas notas con este rasguido.

Cuanto menos lo notamos estaba saliendo un tema de los hermanos Espósito punteo y acompañamiento. Dejando a cada gurí con la curiosidad de ejecutar las mismas piezas con igual o mayor habilidad a la que demostraba dicha persona. El genio balbucea nuevamente, se levanta y arranca viaje en la bicicleta hablando bajito y se va chiflando “Adios muchachos la barra querida”, me quedé intrigado con el paradero del señor. Un día mi madre Gladis Dañeleski me contó que el misterioso hombrecillo estaba casado con una señora de Corpus, de apellido Schneider, el don Vázquez ya era famoso por el arte musical así como sus largos guardapolvos.

De la misma manera como en las rondas también iba a tocar a la iglesia, marcando los compases del ritmo, era normal verlo en la bici con la guitarra atravesada yendo para todos lados. Y según la confianza que tenías te invitaba a tomar mates en su hogar, una casona de madera con caída a dos aguas, ubicada en la avenida San Martín cerca del conocido Supermercado de Servian. Vamos a rodar en este cuento, no les hablo de un héroe o de un jugador de fútbol simplemente de un músico popular quién supo influenciar a muchos jóvenes a tocar la guitarra o cantar. De vez en cuando en esas tardes lluviosas se sentaban a improvisar junto a su hijo Gustavo, el repertorio pasaba por los estilos folclóricos que se imaginen, hasta que de repente la juventud se inclinaba para el rock o el blues. En ese momento el genio solo se quedaba escuchando, como si no fuera a compartir el gusto, entonces no pulsaba ni una cuerda hasta que el género cambie a algún chamamé o bals donde se enganchaba de nuevo. Las zapadas fluían y no obedecían un orden estructural, algunos aprendían más que otros y el resto solo se predisponía a disfrutar de la escena.

Un día el genio tuvo un misterioso accidente en el que su cuerpo no resistió y dijo basta, nos quedamos sin el referente o al menos uno de los que motivó a muchos a incursionar en la música. Pero sin lugar a dudas su espíritu excéntrico anda dando vuelta en alguna peña o juntada, inspirando a otros a seguir la huella, o a descubrir que una cosa es conocer el camino y otra recorrerlo.

Parafraseando a un conocido chamamé de seguro habrá vuelto en guitarras, pasando de ser madera de un árbol hasta convertirse en un instrumento, la música litoraleña y la impronta de argentino que mezcla desde el malevo tanguero hasta el regionalismo misionero. El genio no toca arpas con los ángeles sino que inspira y sigue presente con la criolla en el regazo, esta es la única manera que encontramos hoy de brindarle homenaje y resaltar la huella que dejó. Valorar la memoria antes que se pierda es la humilde honra que podemos brindar.

Autor: Carlos Adolfo Gómez.

Ingreso

Etiquetas Populares

Rescate fotográfico