El Padre Vicente Gambon tuvo el extraño pirivilegio de ser el primer religioso de la Compañía de Jesús en pisar suelo misionero tras la expulsión de los jesuitas concretada en 1768, realizó un viaje memorable en 1904, o sea, 136 años después y nos legó un estupendo testimonio de lo vivido entonces.

Para fortuna el Padre Gambon tuvo el buen tino de publicar una memoria de su viaje a Misiones, en particular a San Ignacio, la crónica de esta experiencia es la que traemos aquí, presentaremos una extensa cita del trabajo de este religioso que fue publicado en 1905 y se titula "A través de las misiones guaraníticas", la cual iremos dando detalles por medios de fragmentos que iremos publicando sucesivamente; en particular transcribiremos el capítulo 5to que refiere a nuestra Ciudad de San Igancio. En este extracto veremos como el P. Gambon pasa de una típica narración de viaje a una emotiva semblanza de una experiencia religiosa autobiográfica, todo ello dejándonos hermosas postales literarias (y también pictóricas) de San Igancio de principios del Siglo XX. Pasen y vean pues.

 

A TRAVÉS DE LAS MISIONES GUARANITICAS

SAN IGNACIO

El vapor agua abajo parecía no sentir la carga de que iban repletas sus bodegas y la cubierta de proa: por esto a las 48 horas de haber levado anclas en Puerto Aguirre dábamos fondo en el puerto de San Ignacio el 1° de Septiembre [de 1904] al mediodía.

Nos hallamos, pues, en las Bajas Misiones, que en el sitio en donde nuestros PP. dieron asiento definitivo a los pueblos guaraní ticos. Aquí el aspecto del terreno cambia completamente. Los bosques cerrados quedan circunscritos a las márgenes de los ríos y arroyos que en abundancia riegan estos países; lo restante son ondulaciones de terreno que forman lomas de mayor o menor altura, pero todas cubiertas de gramíneas tan verdes y tupidas que parecen inmensos alfalfares. Aquí no se da un solo palmo de tierra que no sea aptísimo para el cultivo: por esto se cosecha con abundancia el algodón, el tabaco, el arroz, la caña de azúcar, el maíz y cualquier producto de la zona así templada como tropical; con la particularidad que tanto la viña como el maíz rinden sin dificultad una doble cosecha cada año. Ni es de extrañar tanta fecundidad, puesto que el suelo, ya de suyo sumamente fértil, recibe cada año por término medio unos dos metros de agua, proveniente de lluvias torrenciales, a lo cual se añade la evaporación constante de los dos grandes colosos de agua, el Paraná y el Uruguay, que corren a su lado, a quienes se unen en gran multitud los arroyos caudalosos que lo recorren en todas direcciones; añádase la temperatura, cuyo término medio es de 21º, y se tendrá una idea de las condiciones excepcionales de fecundidad en que se encuentra ese suelo afortunado. Esa misma evaporación contribuye no sólo a hacer soportables los calores del día, sino muy en particular al descenso de temperatura en la noche hasta bajar a veces á 8o. Los declives del terreno hacen por otra parte imposibles las inundaciones: los arroyos crecen en verdad de un modo desmesurado; pero tienen salida franca al Paraná y Uruguay, quienes, si suben de nivel hasta 9 metros en una noche, cuentan al mismo tiempo con las barrancas boscosas de las orillas, cuya altura variable entre 15 y 120 metros, aprisiona las avenidas en el cauce hasta que vayan á explayarse en las anchuras inmensas del medio y bajo Paraná y Uruguay

Es digno de admiración el acierto con que nuestros PP. escogieron el terreno para sus Reducciones; por esto aclimataron sin gran dificultad en ese país el naranjo, el limonero, el membrillo, el manzano, el durazno, el nogal, la parra y otras especies tanto exóticas como indígenas. El naranjo es tan característico de nuestras Reducciones Que de ellos han venido a formarse bosques inmensos en los alrededores de las ruinas, hasta el punto de ser el distintivo para saber dónde se hallaban dichos pueblos. Hoy esos naranjos, por gozar del sol que la aglomeración les impide, han estirado sus troncos rectos y desnudos hasta una altura de 12 y más metros; y los hay en tanta abundancia que los habitantes de la región no sólo van a proveerse de ellos sin traba ninguna, sino que a veces llevan su desidia a derribar el naranjo para no tomársela molestia de subir a recoger su sabrosísimo fruto. Y digo sabrosísimo porque entre las varias especies de que abundan aquellos bosques los hay de una dulzura exquisita. Por otra parle, el hijo del país no sabe pasar allí sin estar con suma frecuencia en el día saboreando la naranja, de modo que cada uno consume varias docenas, con lo que encuentra un medio fácil y barato de templar los ardores de aquella temperatura, que como casi todo el año se mantiene elevada, también los naranjos le ofrecen casi todo el año su fruto, ya que en un mismo árbol, como dije al hablar de Itatí, se encuentra á la vez el azahar y el fruto medio maduro y en sazón

Los buenos colonos de S. Ignacio, avisados de antemano de nuestra visita por el señor Gobernador, nos estaban esperando desde el día antes; así es que en el puerto teníamos preparados los vehículos para trasladarnos basta las ruinas de la que fue en un tiempo Reducción floreciente de S. Ignacio Miní o chico, nombre con que se la diferenciaba de S. Ignacio Guazú o grande, situada no lejos del río Tebicua-rí, hoy perteneciente al Paraguay.

Las ruinas se hallan poco más o menos a una legua de la orilla izquierda del Paraná; qué, pues, acomodándose la gente en los caballos, uno de los cuales tomó también el señor Obispo, y nosotros subimos en un carrito, que si nos proporcionaba apenas el suficiente espacio para no caernos y ponía a prueba nuestra resistencia muscular en los continuos barquinazos que nos regalaban las raíces de los árboles mal cubiertas en el camino, por lo menos probaba la buena voluntad de aquella pobre gente, que suponiéndonos malos jinetes, había puesto a nuestra disposición el mejor vehículo que poseía.

Atravesadas la selva de la orilla del río y algunas lomas descubiertas, dimos a poco andar en un bosque de naranjos: era la señal de que nos acercábamos al pueblo. A lo mejor uno de los colonos que nos acompañaban al lado de nuestro vehículo, saca el machete, que es arma inseparable del cinto de cualquier campesino de Misiones, corta un palo grueso de los arbustos que crecen a los lados del camino, el cual revoleando con toda fuerza va a dar contra la copa de uno de los naranjos; una lluvia del hermoso fruto cubre materialmente el suelo, el del máchele se inclina, toma algunas de las naranjas, se provee a sí y sus compañeros y sigue tranquilo su camino sin preocuparse de la gran cantidad que deja perdidas en el suelo, y digo perdidas, porque otro que viene a alguna distancia de nosotros hace al llegar al bosque la misma operación, sin que se le ocurra aprovechar las que encuentra derribadas por el que le precedió. Otro tanto hacen con las palmeras en la región del norte; pues siendo éstas, a causa de la vegetación arbórea, el único pasto que dan a los caballos, las derriban despiadadamente con los machetes, para separar las hojas y dejar inútil y abandonado el tronco.

Por fin llegamos a una explanada, después de la cual nos internamos en un bosque: las piedras hacinadas y dispersas nos están diciendo que pisamos ya el antiguo pueblo de S. Ignacio, cubierto por la vegetación subtropical, como para velar tanta ruina y tanto estrago. Seguimos andando hasta dar con un espacio descubierto Como de 15.000 metros cuadrados. Es la antigua plaza. Allí en el fondo hacia el Sur se levantan medio caídas las vetustas paredes de lo que fue templo y colegio. Bajamos de nuestro vehículo y comenzamos a recorrer ese monumento, mudo sí pero elocuente, de la actividad y celo de aquellas almas verdaderamente heroicas. (Continuara)…

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