DESCRIPCION DEL TEMPLO POR PARTE DEL PADRE VICENTE GAMBON

La iglesia medía 63 metros de largo por 30 de ancho. En la pared de la Epístola, a la altura del presbiterio, hay una puerta que comunica con una pieza que da acceso al cementerio. En la pared opuesta, cerca de la entrada, hay una puerta que daba al bautisterio: sigue una ventana y luego una puerta y dos ventanas más, que daban al claustro que corría a lo largo del templo por ese lado. Las dimensiones del claustro son 2,50 metros de ancho y 4,40 metros de luz en los intercolumnios. La puerta lateral dicha tiene por arcada una gran piedra semicircular de una sola pieza y toda esculpida. En el fondo, la parte del Evangelio, frente a la puerta correspondiente al cementerio, se halla la de la sacristía con sus relieves y columnas que dan idea de lo proporcionada y esbelta que debió ser toda la iglesia.

 

Tuvo ésta una hermosa media naranja pintada y a trechos dorada: el pulpito también dorado, lo mismo que los retablos de los altares que adornaban además numerosas estatuas. Los altares laterales eran tres por cada lado y la capilla del bautisterio tenía también su altar y retablo y además dos pilas bautismales, una de piedra y otra de estaño.

templo

Imagen del Templo de San Ignacio Mini ( año 1904)

La provisión de vasos sagrados y ornamentos con que nuestros PP dotaban sus templos era verdaderamente regia. Este de San Ignacio era uno de los menores, y sin embargo, además de una preciosa custodia, numerosos cálices y demás alhajas, poseía un verdadero tesoro en ornamentos. Para formarse una idea de la magnificencia del culto basta recordar que este templo tenía 22 capas: 10 de ellas blancas, 5 encarnadas, 3 moradas, 2 verdes y 2 negras. Las casullas eran 51: blancas 20, encarnadas 12, moradas 8, verdes 6 y negras 5. Correspondientes a esta provisión de ornamentos eran las dalmáticas, frontales, palios, sacras, estatuas, cuadros, etc. ¿Qué se hizo tanta riqueza? La codicia humana la devoró en muy pocos años.

La sacristía comunica con un largo corredor que va de Oeste a Este y es continuación, en ángulo recto, del claustro que, según queda dicho, va a lo largo de la iglesia por el lado del Evangelio. Paralelamente a este corredor y a su derecha están las habitaciones de los PP. en dirección por consiguiente perpendicular al templo. Al otro lado de las habitaciones hay también otro corredor como el anterior, ambos abiertos al igual del claustro, de 2,50 metros de ancho como él. De este modo los aposentos quedaban entre dos corredores: uno de éstos, o sea el contiguo al claustro, daba a un patio de unos 55 metros por 145 y el otro a la huerta, cuya superficie mide unas tres hectáreas. Ambos corredores se elevan 1,10 metros sobre el nivel del suelo, tienen una barandilla de 1,10 metros formada por balaustres y pasamano de piedra labrada y dan acceso al patio y huerta respectivamente por varias escalinatas muy amplias y hermosas, cuyas gradas son de piedra de una sola pieza y las barandas y pasamanos como las de los corredores.

Los aposentos miden 5,00 metros por 7,15 metros de fondo: todos tienen una puerta que da al corredor del patio y en el corredor de la huerta una puerta y una ventana, encima de la cual se ve en todos los aposentos una hornacina que debió contener alguna estatua. Las camas de los PP. debieron ser hamacas, pues en el sitio correspondiente de todos los aposentos hay señales que indican haberse colgado allí. El primero de los aposentos, contiguo a la sacristía, contiene muchos dibujos esculpidos y, si mal no recuerdo, tiene comunicación interna con el aposento del lado; lo cual indica que sería una habitación de respeto para cuando llegaba al pueblo algún personaje. Nueve puertas más hacia el Este hay una habitación mayor, cuya capacidad equivale casi a la de dos aposentos, pues tiene 10 metros de largo, y además de dos puertas laterales en cada uno de los corredores, tiene otra puerta interior primorosamente labrada con magníficos relieves, que comunica con el aposento contiguo. Hay quienes suponen que es la pieza era el refectorio: a mí esta opinión se me hace difícil y me inclino más bien a creer que sería la capilla doméstica; pues si nuestros refectorios en todas partes tienen un aire sencillo, no me parece que aquellos PP. se diesen el lujo de ese derroche escultural para un refectorio destinado casi exclusivamente a los dos o tres PP. que de ordinario se hallaban en aquel pueblo, ya que en la fecha de la expulsión los PP. Ramón Toledo, Miguel López y Segismundo Baux que allí residían, ni siquiera tenían en la casa un hermano coadjutor. Por otra parte, según el inventario levantado al intimarles el Gobernador Bucarelli en persona el funesto decreto de Garlos III, las alhajas y servicio de mesa que se hallaron en la casa no eran ciertamente para el número de personas que ese refectorio hubiera podido contener, pues allí figuran como útiles de mesa: seis manteles, seis cucharas, seis tenedores, ocho escudillas de estaño y cuatro de barro vidriado, ocho vasos grandes y ocho chicos, veinte y dos servilletas, dos platos grandes y cuarenta y ocho pequeños.

Esos inventarios son una prueba fehaciente de la pobreza más que franciscana en que vivían nuestros misioneros. Es que esos varones apostólicos tenían únicamente su afición en Dios y en sus neófitos: por esto, mientras levantaban aquellos soberbios templos, que dotaban con una verdadera profusión de alhajas, y tenían repletos los talleres y almacenes para sus indios, carecían para sí de los útiles más necesarios a la vida, y la situación económica de sus casas, distaba muy poco de la de los pobres de solemnidad. El mundo no comprenderá jamás todo el alcance de semejante sacrificio. Pero los que fantasean de buena fe no sé qué soñados caudales de los jesuítas del Paraguay, hallarán un soberano mentís y un solemne desengaño en esos inventarios, levantados en aquellos momentos de soberana angustia, en que los misioneros vieron sorprendidos llamar a las puertas de cada una de sus Reducciones, con el decreto de expulsión en la mano, al sede, hechura y adulón servil del conde de Aranda, al taimado don Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa, Gobernador de Buenos Aires, quien, no confiando bastante en el celo y actividad de sus subalternos, quiso tener ante la corte de Madrid el poco envidiable mérito de ir en persona a intimar un decreto que simbolizaba la destrucción y ruina de la obra colosal de las Misiones paraguayas.

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