willy

Hace cuatro décadas que nací en San Ignacio. Para entonces, éste aún era el pueblito que surcaba la línea demarcatoria heredada de Queirel. Junto a las reducciones abundaban gurises y paisanitos. Recuerdo, solían correr alborotados detrás de algún turista generoso, con sus plantitas de orquídeas y palos de agua en busca de ganarse el pan.

 

Yo desde temprano también circundé la plana mayor de esa dichosa inocencia. Con un canasto repleto de empanadas hechas por ña Cepí, salía a aventurarme por los recovecos de aquella arteria principal. Mis clientes, casi siempre los mismos. Don Aquino, el encargado de los guías que permanecía horas frente al antiguo acceso a las Ruinas. Siempre ante la mirada halagüeña de don Rito, el viejo inspector municipal. Este, luego de realizar su recorrido con celosa prestancia, volvía a instalarse junto al surtidor de la esquina de Rivadavia y Gendarme Medina. Ahí tomaba coraje y me compraba, una o dos. Adentro de las Ruinas solía vender mejor. Los guías, doña Pocha, Mario Martínez, Francisco Paredes el tallador, entre otros tantos si mal no recuerdo, eran los habituales clientes. Siempre que acababa la venta retomaba a eso de las una por Bartolomé Mitre, a mitad de cuadra estaba el correo, lugar donde trabajaba Neco Caburé. En la vereda de enfrente, el local del señor Salvatierra, con una vidriera extensamente poblada de fotos. Ni bien llegaba a la esquina de avenida San Martín, de ser necesario solía subir una cuadra más, hasta Lanusse. Rumbeaba a lo de Pensoti, a cobrar algunos fiados en la pensión. Ya sin esa carga pecuniaria por saldar, solía volver alegremente por la avenida, mientras tanto, parroquianos de una y otra mano, detenianse al ver las novedades en la vidriera de la tienda Vacca. Pasitos más adelante, el hospital cué. Allí solía tener un vago recuerdo del griterío estruendoso que los gurises soltaban en épocas de vacunación. Años más tarde, en que el hospital se mudó cerca del Escuadrón, funcionó en el lugar un registro civil, un asilo y, hoy día el Honorable Concejo Deliberante. Seguramente entre sus pasillos aún debe quedar el murmullo de Juan Toco, doña Norberta y tantos otros ancianos que supieron hospedarse alguna vez allí. Más adelante, el edificio de la comisaria en la esquina de San Martin y Gendarme Medina, siempre radiante, con la enseña patria desplegada al primer influjo del amanecer. Seguir por San Martin era encontrarse con la plaza Güemes, el negocio del ¨pelado¨ Formulares, ¡con Nacho, el diariero!, siempre con su bicicleta a todo rodar. Finalmente doblar por Alberdi hasta Rivadavia era vivenciar, entre otras cosas, el olor a gas oíl destilado de las F 100, que una tras otra desfilaban a fin de mes -desde yacutinga, Pastoreo, Santo Domingo Sabio y otros tantos parajes linderos- al negocio de Mattos. De misma forma el viejo almacén de Mandagarán, allá, con el hocico puesto en la ruta 12. Eso sí, lo más imponente para mí siempre fue la escuela 15, -aunque nunca comprendí porque la trocamos casi sin vacilar- lo cierto es que cuando la veía ahí, casi siempre me veía caminado por sus extensos pasillos con mi guardapolvito blanco de grado. Allí estaba representando a ¨Pinocho malherido¨ junto a Marito Balbuena y Mario Melgarejo, entre otros tantos gurises de mi generación. No sé, supongo que la vida me enseño tanto de mi barrio ¨Pueblo Viejo¨, estar ahí por las tardes era fútbol callejero, darse por aludido al silbido de Nicolás Melgarejo. Subir al árbol viejo de doña Sebastiana, a comer Araticú. Hablar de todo sin pensar en el tiempo. Mirá que pasaron años de infinidad de travesuras, entre el negocio del uruguayo Ventura y el boliche de Cabureí, allá en el acceso a Villa Ema. Todo un extenso eucaliptal, siempre portentoso, cubriendo el perímetro de la calle Paraguay. Ya entrado el atardecer, en verano repicaban los tambores y redoblantes. Comparsas como Escoladosamba Ivoty, Maravilla, Pata Show, entre otras, ostentaban sus ritmos teñidos de carnaval.

El carnaval siempre sacó lo más humano de nuestra inocencia pueblera. Rendirse de risa ante Antonio Gómez (so o ené) ¨nuestro diablo rojo¨, Lirio y sus trajes encolados con papel de diario, en fin, tantas murgas y sillas desplegadas a doquier sobre la avenida San Martín. Ese es mi pueblo, San Ignacio. Hoy una vez más, a punto de conmemorar un nuevo año, seguramente algún memorioso, de los que suelen andar melancólicos por el club social, recordará los clásicos entre Unión y Libertad. Por mi parte, siempre llevo presente la sonrisa de Basilio, la estatura de Curuzú y el sapucay bien entonado de don Luis Nesterú. A veces, cuando invade el desarraigo, suelo apretar un botón. Ahí nomás, de inmediato, aparece Luis Melgarejo con el negro Lucas, volviendo en guitarras con un chámame. Ni hablar de Geniolito, el paisanaje hecho canción. Y así, al menos en la memoria, uno vuelve a recordar tantas veces aquellos paisajes y gentes que no se suelen olvidar.

Nota: fotografía Aquel gurí, Federico N Gómez cursando jardín de infantes en la vieja escuela n° 15 (año 1984).-

Ingreso

Etiquetas Populares

Rescate fotográfico