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“A la tarde, D. Marcelino(*) nos dio un baqueano para ir a visitar las de San Ignacio Miní. Las ruinas de los edificios que fueron la Misión de San Ignacio están situadas en una colina elevada, pues desde la casa de D. Marcelino subimos constantemente para llegar hasta ellas. Pero no es fácil darse una idea de la altura, porque están en medio de un bosque de naranjos gigantes, de árboles de toda clase, de palmas, de enredaderas que han formado una vegetación inextricable. Hay árboles enormes que han hundido sus raíces en las paredes, otros que envuelven los pilares, enroscándose al rededor de ellos como culebras colosales; los musgos, los caraguatás, los isipós se entreveran y forman grandes cortinas que se descuelgan perpendicularmente, y que es preciso cortar con el machete para abrirse paso. El paseo, o mejor dicho, la ascensión es penosísima, y aun algo peligrosa entre esos montones de escombros, de piedras cúbicas, de grandes paralelipípedos derribados unos sobre otros, húmedos, resbaladizos, porque están constantemente sumidos en la sombra, y solo por casualidad reciben alguno que otro rayo solar, que, semejante a un flechazo de oro, cruza la densa oscuridad. Por lo demás, silencio completo entre esos bosques (…) y ese silencio, añadido a la devastación, causa la tristeza y el espanto. “

 

“…La naturaleza ha vuelto a tomar posesión del teatro que el hombre le arrancara con su laboriosidad; la vegetación ha asaltado las paredes derribadas y también las que estaban todavía de pié; las raíces han ido sublevando paulatinamente los pedazos enormes de piedra labrada, y han dado cuenta o la darán sin mucho tardar de lo que la tea furiosa del hombre había olvidado. Se necesitaría una larga serie de páginas para dar una descripción completa de las ruinas de San Ignacio-Miní. Por lo que se ve, había allí una iglesia, que debía tener unas setenta varas de largo y como veinticinco de ancho. La fachada está todavía en un regular estado de conservación; tenía tres puertas. Existen hasta la fecha las columnas, los chapiteles esculpidos, las hojas de acanto cuidadosamente labradas. Lo que llama la atención, es una gran lápida con la cifra de María, Ave-María, y la tiara pontifical por encima de ella. Vi también a un ángel de pié con una bandera en la mano, en ademan de indicar el cielo. (…) En varias partes de las paredes aparecen cabezas de ángeles con sus alas. En el suelo, una gran lápida de más de tres varas de largo sobre dos y media de ancho, que cayó indudablemente de la fachada, con el monógramo de Jesús, manifiesta la laboriosidad de los indios, adiestrados por los RR. PP.

Al lado de la iglesia estaban el cabildo, cárcel y otros edificios; todo aquello está formado con paredes ciclópeas, con pedazos enormes de asperón, bien labrados y perfectamente trabados. Ya sabemos que faltaba la cal a los constructores, pero ese elemento no era indispensable para hacer edificios duraderos.

Las paredes de San Ignacio-Miní, tienen por lo menos dos metros de ancho. Unos grandes terrenos cercados también con paredes de piedra colorada, están pegados a esas ruinas, en la parte Sud. Uno era sin duda un patio, y el otro una quinta. Actualmente forman la chacra de una vecina que tiene allí un maizal hermosísimo. Está visto que los jesuitas disponían de fuerzas poderosísimas: tenían a su servicio dos palancas irresistibles; el número considerable de sus neófitos, y el sentimiento de obediencia absoluta que les inculcaron. Por eso, pudieron llevar á cabo trabajos que nos llenan de asombro.

Al Este de la iglesia aparece perfectamente conservada la plaza central de la población, sin que un árbol baya crecido en ella; lo mismo pasa en todas las Misiones. Esa plaza resalta como un cuadro muy bien delineado en medio de la vegetación elevadísima que le sirve de marco, en alguna manera. Lo que viene a alterar esa uniformidad, es solamente un pequeño cementerio, a inmediaciones de la Iglesia, formado con algunos palos, como un corralito, y que tiene algunas lápidas funerarias.

Cómo se han conservado intactas las plazas, sin que la vegetación arbórea las haya invadido? Es un problema. Dícese que los jesuítas pisotearon el terreno de tal modo, que ninguna semilla de árbol pudo brotar allí; que allí era donde labraban las piedras para sus edificios, que todo aquello formó una especie de argamasa, de macadam que dio el resultado fenomenal que presenciamos. A inmediaciones de la plaza, al Este, al Sud-Este, al NorEste aparecen ruinas de habitaciones, pero es preciso buscarlas entre los árboles más y mas tupidos, porque desde el centro de la plaza nada se ve. Encuéntrense, pues, paredes bien conservadas, hasta con marcos de ventanas, con pilares por delante. La delineación de las calles resalta perfectamente. Todo aquello estaba tirado a cordel y con una rectitud geométrica. Por consiguiente, debía ser algo monótono, advirtiendo que es el delecto común de todas las ciudades de la América española. Sea lo que fuere, hago una reflexión, y es la siguiente: un gobierno inteligente debería limpiar, despejar todas esas ruinas, y conservarlas como monumento histórico, ó, si una vez desembarazadas de la vegetación que las encubre, no manifiestan un valor artístico suficiente, deberían utilizarse, aprovecharse para formar un nuevo centro de población. La posición de San Ignacio, como la de todos los establecimientos jesuíticos, es excelente. Aun mas, la de San Ignacio tiene la ventaja de estar á inmediaciones del gran arroyo Yabebiry, y esa ventaja no debe ni puede menospreciarse.

Fuente: Alejo Peyret. "Cartas Sobre Misiones". 1881.-

Imagen: Pintura " Ruinas de San Ignacio Mni" de Raul Prieto (1939).-

(*) El autor al referirse a Marcelino hace mencion a Marcelino Bouix (pionero sanignaciero).-

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