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“A las tres y tres cuartos de la tarde, alcanzamos la boca del gran arroyo «Yabebiry» (en guaraní, agua de las rayas), que debe ser nuestro segundo fondeadero, o mejor dicho, nuestro desembarque, pues allí nos lleva nuestro compañero de viaje, D. Marcelino Bouix, quien tiene su establecimiento en esos parajes.”

 

“El arroyo Yabebiry es perfectamente navegable, con tanta más razón cuanto que continúa o ha recomenzado la creciente del Paraná. Entramos, pues, sin dificultad alguna a una gran distancia en el interior, y contemplamos el valle extenso que forma la cuenca del Yabebiry. Divisamos en lontananza en la orilla izquierda, el importante ingenio del señor Duclos, y llegamos al sol poniente en frente a la habitación de un brasilero, donde fondeamos. El Yabebiry corre al pié de una elevada colina, o mejor dicho de una montaña, que corresponde a la cordillera del Paraguay, y va a unirse con la cordillera de Misiones. No muy distante de allí está el cerro de Santa Ana, que debe tener más de cuatrocientos metros de altitud. La barranca perpendicular deja ver una gruta, y muestra las estratificaciones de las rocas en líneas oblicuas: no puede ser más evidente el solevantamiento de la tierra a consecuencia de las convulsiones interiores. El fuego hizo su acción en la montaña, pero el agua hizo la suya en el valle, que debe haber sido formado por la lentísima acción del rio, para abrirse paso. La ribera izquierda es una gran planicie pantanosa, anegadiza y necesariamente aluvial. Una porción de cerros elevados, de sesenta metros para arriba, cierran la perspectiva.

El Yabebiry es uno de los ríos interiores más importantes que se encuentran desde Itapúa hasta el I-guazú: es el fondeadero de los vapores que hacen la carrera de los yerbales. Marcelino Bouix tenía prisa para llegar a su casa, pero no había más que dos caballos en casa del brasilero. Subimos, él y yo, después de haber comido, y nos engolfamos en la oscuridad. D. Marcelino iba delante, como era natural, siendo el baqueano. Pronto llegamos a una picada. Allí la oscuridad se vuelve más intensa; las tinieblas son opacas, y, si se me permite la expresión, podrían cortarse con el cuchillo. Felizmente para mí, el caballo que monta D. Marcelino es plateado, y reluce en la densa noche; es una estrella, un farol, con la condición de no perderlo de vista un solo momento.

Caminamos más de media hora en la selva, en el barro, en el agua, agachando a cada momento la cabeza para no tener la cara azotada por las ramas; cruzamos varios arroyuelos; por fin, oímos el ruido de una cascada. Paréceme que hemos Caminamos más de media hora en la selva, en el barro, en el agua, agachando a cada momento la cabeza para no tener la cara azotada por las ramas; cruzamos varios arroyuelos; por fin, oímos el ruido de una cascada. Paréceme que hemos vuelto a mi tierra natal, a los Pirineos. Mi compañero me hace notar ese ruido, desoído durante tanto tiempo, y me dice que esa cascada le pertenece, pues es la que hace mover su ingenio de yerba. Hemos, pues, llegado a nuestra morada nocturna; esta vez dormiremos en tierra firme, y no en la lancha del antiguo servidor del «Supremo Mariscal» López.

Habiendo llegado de noche al establecimiento de D. Marcelino Bouix, no pude formarme una idea hasta el día siguiente. Solo, sí, conocí a los empleados y habitantes de la casa, hombres, mujeres, niños y perros. Apercibíme que allí se hablaba portugués, al menos tanto como castellano, y tuve que hacer la misma observación por todas partes donde llegué en seguida, en Corpus, en Santa Ana, en el alto Paraná. Hay muchos brasileros en esos parajes, debiendo notarse, por otra parte, que esa gente es mas aficionada que los correntinos a los trabajos agrícolas y de desmonte. Al día siguiente, cuando desperté y fui a la cocina a calentarme, porque !a mañana estaba bastante fría—cinco grados solamente arriba de cero—los niños que estaban arrimados al fogón, me pidieron la bendición en portugués, porque allí se estila pedirla a todos los viajeros. El mismo patrón, aunque francés de nacimiento, habla perfectamente el idioma de Camoens; es verdad que llegó joven a América, y que vivió en el Brasil antes de venir á Misiones. Los mismos perros tienen apelativos portugueses.

Don Marcelino tenía una perra muy brava y recién parida, tanto más brava por consiguiente, que respondía al nombre de Bruaca. Pero pronto nos hicimos amigos; sin duda conocería que yo también era un cazador benemérito, y esa facilidad para contraer relaciones amistosas conmigo le causaba gran admiración a mi hospedante, pues afirmaba que trataba siempre muy mal a los individuos que no eran de la casa. A sí es que Bruaca me llevaba a visitar su joven familia, que estaba acostada en un rincón del galpón, vacio entonces, a inmediaciones del arroyo que hace mover la máquina de triturar yerba. Con mucho cuidado se cuidaba la joven e interesante prole, pues varias personas le habían pedido cría de esa perra al patrón, teniendo ella cualidades superiores para cazar el ante, el venado, el gato montés, el jabalí, el tatete, la liebre, la comadreja, el zorro, la isaca,el carpincho, el aguará, el tigre, el león, en fin, todos los animales, todas las fieras del monte. Por eso me decía D. Marcelino que ningún animal se acercaba a media legua de la casa, a pesar de estar metida en medio de los bosques y de las sierras. Bruaca organizaba constantemente batidas y expediciones contra ellos con toda la perrada, y se iban hasta las costas del Yabebiry. Grandes eran, pues, los servicios que prestaba Bruaca, que prestan los buenos perros a todos los habitantes de la selva misionera.

Ya he dicho, y vuelvo a repetirlo, que creía estar en los Pirineos, en uno de aquellos pintorescos valles que se desprenden de los flancos de la gran cordillera. El establecimiento de D. Marcelino está situado en un paraje de los más risueños; siento no tener el pincel de un maestro para describirlo (…) Yo me había enamorado del paisaje; decía a D. Marcelino: tengo ganas de quedarme aquí indefinidamente, lejos del bullicio de las sociedades humanas y en compañía de Bruaca. El ingenio de D. Marcelino Bouix es diferente de los que había visto en Trincheras; es lo que se llama un mojolo,— palabra brasilera—es decir, un gran martillo formado con un solo árbol movido por el agua, que se levanta y se baja alternativamente para triturar la yerba. La parte posterior del instrumento tiene una concavidad para recibir el agua que cae del salto artificial, y la presión de esa agua determina el movimiento. El aparato, como se ve, es muy sencillo, y muy usado en las Misiones. No habiendo materia prima en casa, no funcionaba entonces. D. Marcelino me mostró los trabajos que había tenido que hacer para juntar en un solo canal el agua de dos arroyuelos, y adquirir de esta manera la fuerza suficiente. Aquello era un bosque impenetrable antes de su llegada; ahora es una morada alegre que revela la presencia y la actividad del hombre, conquistador de la selva, domador de la naturaleza salvaje.

A las nueve montamos otra vez a caballo, y volvimos a bordo del vapor para buscar a los compañeros de viaje. Pude darme cuenta entonces del paisaje que había cruzado, la víspera, en la oscuridad más completa. El camino, si así puede llamarse, es de los más escabrosos; no sé cómo los bueyes pueden pasar por allí; a cada paso hay piedras y aguas ferruginosas; el barro es colorado. Cruzamos por un bosque de naranjos agrios de altura extraordinaria. Los marinos de la «Tacuary» habían bajado a tierra para hacer leña, pues se había agotado ya a provisión del vaporcito. En medio de ese silencio solemne de la naturaleza, producía un efecto singular el ruido de sus hachas, que iban golpeando los árboles antiguos, repercutido do distancia en distancia por los ecos de la selva y de la montaña. Parecíanme un quejido de la naturaleza virgen acometida en su santuario. La apariencia y la formación del terreno son las mismas que en Trincheras, que en Itapúa; las mismas que encontraremos Almorzamos a bordo de la «Tacuary» con las provisiones que habíamos traído de Trincheras, y volvimos a casa de D. Marcelino. Nuestro itinerario es el siguiente: el vapor seguirá por agua hasta Corpus, y nosotros iremos á caballo por tierra. A consecuencia de este plan de campaña, fuimos a declarar la guerra a las gallinas de Don Marcelino, o mejor dicho, él empezó a fusilar una porción; Don Marcelino tiene bueyes, tiene vacas, tiene caballos, tiene gallinas, tiene patos; en fin, todo el confort de una habitación europea. Cuando viene el domingo o un día festivo, los habitantes de los alrededores concurren a su casa, y se improvisan bailes en medio de su ancho patio; él es el padrino de todos los niños que nacen en la comarca y por consiguiente el compadre de todos los padres y de todas las madres. Debe también a su superioridad intelectual la ventaja de ser el consejero, el caudillo moral, si así puedo expresarme, de esos hombres toscos e incultos, que viven desparramados, aislados en medio de las selvas, sin contacto social, sin idea de la civilización moderna. (…)”

Fuente: Alejo Peyret. "Cartas Sobre Misiones". 1881.-

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