teyucuare

Viajar por Teyú Cuaré, subir el peñón. Dejarse llevar por el canto animado de la rareza, sentir el filo del machete hiriendo al monte. Avanzar... entre sudor y moscas. Erguirse o estarce quieto ante el chirrido del Yarará. En fin, solo eso provocaba en mí la sensación de estar vivo. Pues estar ahí, domando la silueta de la selva en cinta, hace de los sentidos una vastedad

No quisiera se me interprete loco, abundante. Acaso un día como hoy -caluroso de verano- decidí mudar mi soledad a esta latitud. No deliberadamente, claro. Pero es que a veces, además de callar, hay que aprender a fingir. Hace más de tres años -creo- emprendí mi destino. En el peñón estuve poco más de uno. Aunque confieso no estoy tan seguro. Lo cierto es que de golpe y porrazo fui a parar allí. De ahí en más, fui fugitivo.

Deambulé por el monte como una bestia más.Por momentos hasta el rugir del tigre me resultaba amistoso. Hasta allí, todo era una constante por descubrir. Eso sí, andar huyendo con un machete en mano no se lo recomiendo a nadie. Mucho menos si hay que andar abriendo trillos con un par de alpargatas descocidas, una bombacha remendada y la camisa de quien fuera la víctima. -Eso sí- confieso me resultó deshonroso. Pero bueno, peor hubiere sido con el torso desnudo. Sucede que por estos pagos los paisanos solteros -como yo- caíamos edulcorados por la pujanza del "oro verde". Era la época en que La Plantadora y la María Antonia conchababan centenares de obreros. Yo me vine de Chaco, de un ambiente árido. Ahí trabajé cosechando algodón. En fin, como todo poriajú siempre soñé con un solar, una guaina y varios gurises. La vida por aquí, en San Ignacio, me trajo otros pormenores. Lo cierto es que ese verano tuve que renunciar definitivamente a lo que me habia propuesto. De ahí en más, la selva primero, después el peñón, pasaron a ser definitivamente mi hogar.

Una choza junto a un remanso y una canoa hecha de timbó fueron suntuosidad a mi pretensión de vivir. Porque uno aquí en el monte -¿vio?-, si bien va mudando las formas de hacer y expresarse, no deja de ser hombre. Y esos primeros meses después del entuerto resultaron harto difíciles para mí. Andar huyendo de un lugar a otro sin punto fijo donde instalarme solía provocarme -ciertamente- un halo de fatalidad. En un momento hasta estando dormido solía escuchar ladridos y griteríos en guaraní. Era la policía del Territorio que andaba tras mis pasos. Como tuve la fortuna de evadirlos tantas veces como pude, gané por cansancio. Supongo habrán pensado pasé a Paraguay, porque de un día para otro dejaron de venir.

Fue precisamente cuando noté que desistieron seguir la búsqueda cuando acabé por alojarme en el peñón. A decir verdad, no es que haya sido un homicida consiente o mal intencionado. Sucede que acá, en la selva, toda contienda se define por la fuerza o el azar. Aquí la vida de un obrero vale lo mismo que la de cualquier fiera. Eso de algún modo hacía que la gente "decente" nos emparentara con las bestias. Es por eso que cada vez que notaba la prominencia de mi rostro barbado solía aferrarme aún más a ese estado de animalidad.

Algunas veces, cuando observaba el atardecer desde algún islote o desde el mismísimo peñón, recordaba la mirada colérica de mi contrincante. Venía sigiloso, como un tigre. Arrogante, dispuesto a devorarme de un bocado. No podía ir más allá porque casi siempre esos flashes enlutaban con el anochecer. Allí el sonido -que suele ser distinto al diurno- agudiza los sentidos. Primero arrancaban las chicharras, luego el lechuzón y, más tarde, las fieras nocturnas. De ahí en más ya no hay tiempo para pensar. Uno acababa también enroscado en la penumbra.

Después de aquel intersticio otra vez reaparecía con el amanecer. A veces silbando una polca u otras cantando un chamamé. Ahí nomás, al borde del Paraná, justo al pie del morro. Mi canoa siempre danzando solitaria junto a la choza, amarrada a un isipó. A fin de cuentas- pensaba- la selva suele ser más generosa que hostíl.

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Esa noche en el boliche de Negrete se bebió de todo, como siempre. Yo nunca fui de andar en pleitos pero ese fulano sí que agotó mi tranquilidad. Dicen que el juez de paz adujo crimen pasional. El difunto erróneamente celó de mí, cuando ni por casualidad -lo juro por la memoria de mi vieja- supe quién era su esposa. Es probable que el cristiano se haya equivocado de persona o, a lo sumo, le hayan indicado mal. Lo cierto es que nunca supe. Todavía recuerdo aquella ocasión. Ni bien me puse en cueros se me vino el hombre encima, bramando como una bestia. De suerte siempre fui atento y, pude evitar de antemano aquella fatalidad. Pero hay veces en que el destino mismo te marca y, ya no hay astucia de que valerse.

A mí me tocó en el peñón, una mañana. Aquel zarpazo sí que llegó a ser letal. Esos bichos que uno admira y teme, suelen ser de los más territoriales. Cuando detectan la amenaza de un intruso instintivamente se declaran en guerra. Y este felino ya me andaba vicheando de hace rato.

Pronto, el celo exacerbado del bicho hizo prevalecer sus huellas a escasos metros de mi tapera o, peor aún, hasta se acercó tantito más, al punto de orinarme la canela del fogón. Pero nada había que hacer, era esto o la cárcel. Y si, hay veces en que el destino solo posterga aquello que a todas luces debió pasar.

Yo solía subir temprano al peñón, -¿vio?-. Era lindo ver y oír la embarcación a vapor ir o venir remontando el Paraná. El cuchicheo de la gente admirando la belleza del gigante. El oleaje del río, golpeando contra esa muralla roja. Todo el paisanaje esperanzado en el Puerto. En fin, delicias que remendaban mi angustiosa soledad. A veces, como acto de solemnidad solía ponerme la camisa del difunto. Si, aquella prenda que tomé por equivocación a las disparadas esa misma noche en que hundí mi faca en las entrañas de mi agresor. Fue una constancia indignante convivir con esa camisa, pero no hubo remedio pues, me era imprescindible.

La mañana en que el tigre me desafío fue tan serena, como casi todas en esta parte del litoral. Vino caminando por el mismo trillo que abrí al subir. Sentí ascendente el chirrido pesado de las hojas. Una tras otra sus patas, en una cadencia de singular cuidado atravesaron la enramada de espinillo hasta alcanzar lo alto. Allí estaba yo. Detrás de mí, el río. El animal salió al descubierto moviendo agresivamente la cola. Lo noté seguro. Su mirada arrogante, celosa, hizo que por un momento recordara aquel incidente en lo de Negrete. Cuanto retrocedí, ya tenía el puñal en mano. Busqué un hueco entre el umbral de aquel precipicio para burlar a mi agresor. Era la oportunidad. Para él del zarpazo, para mí de esquivarlo y, hacerlo trastabillar. Tenía puesta la camisa de seda blanca, esa que usaba cada tanto para ver pasar la embarcación. Y esa mañana -en que aún no había bajado el Iberá de alto Paraná- el tigre finalmente lanzó su furia sobre mí. Vaya a saber porque motivo en un acto contrario a lo querido acabe arrojándome desde lo alto del peñón. A partir de ese instante dejé de ver el mundo y, solo resonó en mi mente aquella desgraciada enunciación: "hubieron muchos testigos. Pero nadie iba a atestiguar en contra del patrón". Cuando desperté, estaba en Posadas. Dijeron que estuve inconsciente por varios días. Que ni los médicos se explicaron como pude revivir. Que de no ser por la jangada no me hubieran hallado. Y aunque no recuerde como llegué a la embarcación, dicen los pasajeros que una camisa blanca, de seda reluciente, fue lo que llamó la atención.-

 

Autor: Federico Gómez